En la Declaración Universal de Derechos Humanos, proclamada por la ONU en 1948, el artículo 26 establece el derecho a la educación.

Sin embargo, dramáticamente, en el mundo, en la era digital, y del conocimiento globalizado, hoy existen aproximadamente 115 millones de niños y niñas en edad de asistir a la escuela primaria que no pueden hacerlo. En Argentina, la Ley 1.420, del año 1884, postuló la Ley de Educación Común que establece la educación laica, gratuita y obligatoria. Una ley igualitaria que provocó un verdadero avance en la ampliación de la educación.

El proyecto más ambicioso de Sarmiento

Corría el año 1845 cuando Domingo Faustino Sarmiento, exiliado en Chile, fue enviado por el ministro de Instrucción Pública y luego presidente, Manuel Montt, a Europa y Estados Unidos, para estudiar en esos escenarios los métodos de enseñanza más avanzados de la época. Horace Mann, un teórico de la pedagogía y un político de la educación, fue el promotor de la escuela pública y creador de la primera Escuela Normal en el Estado de Massachusetts.

Mann era el hombre que Sarmiento más admiraba en cuestiones de educación. Por eso, cuando llegó a Boston, se reunió con él y su esposa, Mary Peabody Mann, quien hizo de intérprete entre ellos. Durante esta visita, el argentino también quedó impresionado por el plantel de maestras. Una de las motivaciones fundamentales de Sarmiento era contratar maestras extranjeras con el objetivo de formar docentes inculcando una educación laica; dadas las circunstancias en Argentina, por el momento era una utopía.

Mientras tanto, en Argentina...

Durante las “presidencias históricas” de Bartolomé Mitre (1862 a 1868), Domingo Faustino Sarmiento (1868 a 1874) y Nicolás Avellaneda (1874 a 1880), se produjo la construcción del Estadio nacional argentino. Con este objetivo, los gobernantes trabajaron juntos en un proyecto por el “bien común”, más allá de las diferencias que los separaban por cuestiones de política.

Se impulsó la creación de un Ejército nacional, la organización del Poder Judicial, la elaboración de leyes comunes, entre otras medidas de camino a la modernización e inserción de Argentina en el mundo. En este proceso fue prioridad la educación: en esa época alrededor del 70% de la población no sabía leer ni escribir. Las principales ideas de Sarmiento eran establecer la educación común, pública y gratuita, igual para varones y mujeres.

Con el avance de la promoción de la educación, por parte del Estado Argentino, las ideas de Sarmiento de traer docentes, para implementar un sistema educativo de calidad, parecía cobrar sentido.

Antes que las norteamericanas: Juana Manso, una heroína argentina

Juana Paula Manso vivió entre los años 1819 y 1875, y fue una verdadera pionera en el tema educativo. Cursó sus primeros estudios en la escuela para niñas Monserrat, regenteada por la Sociedad de Beneficencia.

Durante el exilio de su familia en Montevideo, Juana daba clases de francés y castellano. Luego abrió un Ateneo para señoritas. En Uruguay, publicó sus primeros poemas, en medios anti rosistas como El Nacional y El Constitucional. Con su prolífica obra, Juana también dejó algunas obras teatrales, y las novelas Los misterios del Plata y La familia del comendador, un verdadero fundamento antiesclavista.

De vuelta en Buenos Aires, escribió su Álbum de señoritas, en donde cuestionaba la sociedad creada y dirigida por hombres que dejaba al margen a la mujer. En 1859, con Sarmiento acordaron un proyecto revolucionario para ese tiempo: la Escuela de Ambos Sexos Nº 1, la primera escuela mixta estatal del país, de la cual fue su primera directora, ubicada en el barrio de Monserrat, en la actual calle Bernardo de Irigoyen.

En 1862, publicó el primer manual de historia argentina destinado a las escuelas. Además, fue la primera mujer en integrar, como vocal, el Departamento de Escuelas y luego la Comisión Nacional de Escuelas. Fundó más de treinta establecimientos educativos, y fue la promotora de la enseñanza de inglés en la educación pública.

Juana fue duramente atacada por sus ideas liberales acerca de la mujer y por sus cuestionamientos al “orden establecido”, por su promoción de la enseñanza mixta que era una provocación contra los prejuicios de la época y porque, además, se convirtió al anglicanismo.

Según el historiador Felipe Pigna, desde todas partes presionaban a Sarmiento para que la “renunciara”. La respuesta fue: “La señora Manso no renunciará por ahora, porque ella no pertenece al gremio de los cobardes que se suicidan”.

Cuando Juana murió, fue despedida por Juana Gorriti: “Juana Manso, gloria de la educación; sin ella nosotras seríamos sumisas, analfabetas, postergadas, desairadas”.

El sueño posible de Sarmiento

Para Sarmiento, pasar del sueño a la realidad era una misión, sino imposible, al menos, muy difícil de realizar. Por esos años, algunas referencias vagas que se tenían en Estados Unidos de Argentina eran las ilustraciones, en los libros de geografía, de largas filas de carretas cruzando interminables llanuras. Con tan poca información de una tierra muy lejana y desconocida resultaba poco tentador el ofrecimiento de ser pioneras, y formadoras de formadores, en las Escuelas Normales del país del fin del mundo.

Pero, Mary Mann, que conocía muy bien a Sarmiento y su trayectoria como escritor, periodista, político y educador, creyó en su proyecto y lo apoyó incondicionalmente. Ella colaboró con esmero en la logística de los traslados y toda su organización: libros, estadías, contratos, instrumentos y material escolar.

Mary seleccionó a las docentes mejor calificadas. Sarmiento tenía en mente un perfil bien definido: “Maestras normales, jóvenes pero con experiencia docente, de buena familia, conducta y morales irreprochables y, en lo posible, de aspecto agradable”. Finalmente, entre 1869 y 1898 llegaron al país 65 docentes, 61 mujeres y cuatro hombres. En 1870, se creó la Escuela Normal de Paraná con el fin de formar docentes para escuelas comunes y George Stearns, uno de los maestros recién llegados, se convirtió en su primer director.

Yennie Howard, una de las maestras norteamericanas, dijo: “Algunas de estas mujeres aceptaron el ofrecimiento inducidas por un espíritu de aventura o por el deseo de cambiar de escenario; otras por la perspectiva de llevar a cabo un trabajo mejor en tierras menos cultivadas, donde los resultados podrían ser reconocidos más rápidamente; otras quisieron ampliar horizontes, en un impulso de ayudar a aquellos menos favorecidos en los adelantos educativos”.

Mary Gorman, la maestra que se quedó en Buenos Aires

En 1869, llegó al país Mary Gorman, la primera maestra norteamericana; su destino era hacerse cargo de la Escuela Normal de San Juan, creada por Sarmiento.

A la familia Bean, que la recibió en Buenos Aires, le pareció inapropiado que la señorita Gorman viajara durante 15 días en carreta hasta San Juan, además del riesgo que corría dado que había noticias que los indios estaban atacando Mendoza, Córdoba y Santa Fe. Mary se quedó en Buenos Aires, contó con el apoyo de Juana Manso, y en 1870 asumió la conducción de una escuela primaria.

El viaje de las pioneras

Para mayo de 1883, cuenta Jennie Howard, viajaron 23 maestras que respondieron al llamado de Clara Armstrong, que regresó a Estados Unidos de vacaciones con autorización del gobierno argentino para traer más colegas de su país.

“Pocas maestras habían viajado alguna vez lejos de los estados donde habían nacido y ninguna tenía conocimiento del idioma español (...). Como no existía línea directa de buques de pasajeros entre Nueva York y Buenos Aires, era necesario embarcarse desde Liverpool, en Inglaterra. (...) Hubo muchas despedidas llenas de lágrimas, ya que los amigos profetizaban terribles experiencias para las ambiciosas viajeras. Aún así, las reconfortaba la presencia de la maestra que había regresado con vida y que con su robusta figura y alegre semblante se daba prisa para retornar a su puesto de trabajo”. Fragmento del libro de Jennie Howard, In Distant Climes and Other Years.

Una vez en Buenos Aires, invitaron a las maestras a quedarse unos días para que se fueran acostumbrando a su nuevo ambiente. Después de dos semanas recibieron del ministro de Educación sus designaciones temporarias donde iban a estudiar el idioma hasta su nombramiento en las escuelas. Una vez instaladas, se concentraron en la tarea de aprender, todo lo que fuera posible, el idioma español en sólo cuatro meses. Pasaban sus días estudiando, iban periódicamente a la Escuela Normal para acostumbrar el oído al idioma español, y aprovechaban la ayuda de dos maestros, uno de gramática y otro de conversación. Después de este período, llegó el momento de ocupar los puestos que les habían sido asignados. Viajaron largos días en diligencia hasta llegar a las ciudades de San Juan, Catamarca, Jujuy, Mendoza, La Rioja, Corrientes.

La vida y la escuela en las provincias

En el verano de 1884, Jennie Howard y otra compañera dejaron Paraná, las dos bostonianas habían sido designadas a la Escuela Normal de Corrientes.

Las maestras consiguieron una casita cerca de la escuela; quedaba sobre una pequeña bajada de la calle y cuando llovía mucho, el agua corría hacia abajo y entraba por las puertas y ventanas. Pronto empezaron las clases, Jennie cuenta que los alumnos estaban ansiosos por aprender y eran tan respetuosos, dulces y confiados, como faltos de preparación para las exigencias de una escuela Normal. Por eso fue necesario repasar la información básica en casi todas las materias. Los habitantes de la ciudad estaban felices con la llegada de las maestras y se esmeraban en agasajarlas.

La escuela tenía edificio propio, lo que era bastante raro, ya que la mayoría de las escuelas comunes de aquella época funcionaban en una, dos o tres casas particulares, dependiendo del número de alumnos. Sólo algunas tenían más de un piso; las aulas eran oscuras y mal ventiladas, por lo general no tenían ventanas, las puertas daban a un patio o galería. Era muy común que las directoras de las escuelas vivieran con sus familias en el mismo edificio, ya que muchas de ellas estaban casadas, les resultaba cómodo salir de la clase en cualquier momento para amamantar a un hijo o preparar el almuerzo.

La Escuela Normal se organizó, según los métodos norteamericanos, con un curso de aplicación y un curso normal y, como había tan pocas maestras preparadas, las norteamericanas enseñaban las materias que más se necesitaban.

En la Argentina de esa época, era común que las mujeres se casaran entre los dieciocho y veinte años. “Se alegran si tienen muchos hijos y los aman intensamente: cuanto más numerosa es la prole más orgullosa se siente una madre. Había una familia que tenía dieciocho hijos, y cuatro más habían muerto”, comenta asombrada Howard en su testimonio.

Pioneras

Las costumbres de esos tiempos tenían a las mujeres en una “reclusión parcial”. Nunca se las veía solas en público, siempre estaban acompañadas de algún familiar de más edad o de alguna dama de compañía, y eran estrictamente vigiladas en lo referente a sus amistades con los varones. Para las norteamericanas, que venían de una región de ebullición cultural donde surgieron movimientos como el sufragismo, el antiesclavista y muchas eran pioneras del feminismo en su país, resultaba una diferencia abismal la vida social libre de una chica en los Estados Unidos y la vida controlada de una argentina, aún después de casada.

“Pasaron dos años con rapidez. Las norteamericanas, entretanto, se sentían cada vez más familiarizadas con su nueva vida y su trabajo, hablaban el idioma con mayor fluidez, se habían encariñado con sus encantadores alumnos y habían hecho muchos amigos. En ese momento llegó un decreto del ministro de Educación por el que se disponía el envío de una de las dos a Córdoba. Sus servicios como vice-directora y regente resultaban más necesarios en esa ciudad.

La tarde en que debía partir hacia el nuevo destino, gran número de vecinos, alumnos y maestros la acompañaron hasta la costa, donde la aguardaba el bote de remo que la llevaría hasta el vapor. Los saludos de despedida, amistosos y acongojados, fueron acompañados de flores, frutas y regalos como era costumbre. Con gran dolor se alejó la maestra de aquellos buenos corazones, que a pesar de ser extranjera y desconocida, la habían recibido como a una hermana y le habían brindado su afecto más sincero”. Testimonio de Y. Howard.

A más de un siglo de la ley 1.420, en la era digital y del conocimiento globalizado, los maestros y maestras siguen siendo una figura irreemplazable en el arte de educar. ¡Feliz día a todos los y las docentes!

Fuente: Clarin

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